Convivir, trabajar, estudiar, desarrollar
actividades deportivas, culturales o sociales con personas que NO hacen parte
del pueblo de Dios es un rotundo y hasta grotesco contrasentido al deseo de
unidad que Jesús (yahsúa), nuestro rey salvador, anhela para sus seguidores.
¿Cómo gozarse con los que se gozan o llorar con los que lloran (Ro.12.15), si
no hay una relación vital entre los que se suponen miembros de la misma
“familia de la fe”? (Gá.6.10). ¿Si no debemos tener compromisos de asociación
con los incrédulos, entonces con quién los debemos tener? (2-Co.6.14-18).
Incluso cualquier neófito podría responder.
Evitar la contaminación moral (2-Co.7.1),
huir de la corrupción mundanal (2-P.1.4) no se logra sólo habitando en
desiertos o montañas, ¡No! El mismo Maestro indicó: “Como tú (Padre) me
enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Jn.17.18) Cómo podrían los
demás ver sus “buenas obras” (Mt.5.16) si no están en medio de ellos? Pero estar “en medio de ellos” no significa
estar “con ellos”.
¿Quiénes están interesados en hacer caso omiso de la observancia de este
principio doctrinario de “separación-asociación”? El que lea esto probablemente
deducirá que una de las causas es que dentro del Reino de Dios (en su actual
creciente desarrollo) existen “mercaderes de la fe” (2-P.2.3) que tienen a su
disposición muy buena mercancía, la cual son todos aquellos que piensan que los
favores divinos se pueden comprar con dinero (Hch. 8.20). Además, éstos
explotadores del sentimiento religioso, creen que es conveniente, para
manipularlos mejor, tenerlos separados y revueltos con el mundo porque así
resultan más rentables y su manejo menos complicado.
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