Son incontables los que hacen honor a Caín, en
su forma de pensar: “¿Soy acaso yo guarda de mi hermano?”(Gn.4.9). En otras
palabras, los modernos veneradores de su propio ego, sostienen: “La salvación
es individual, que cada cual cargue su propia cruz. Después de todo, quienes
están mal es porque están en pecado”. Es el típico argumento de los que algunos
podrían calificar como “los pequeños burguesillos de la clase religiosa”. Pero
cuando caen en desgracia, éstos mismos “acomodados” que se creen ricos cuando
en verdad son todo lo contrario (Ap.3. 17-19), son los primeros en quejarse de
la indolencia de sus hermanos en la fe.
Para evitar que la solidaridad, que es uno
de los pilares en la construcción del vigente Reino de Dios, sea aminorada por esta herética
interpretación de la voluntad de Dios, se hace necesario aclarar que a través
del arrepentimiento
personal cualquier persona puede llegar a ser liberada o salvada de su
condición de culpable ante el juicio divino (“Porque todos compareceremos ante
el tribunal de Cristo”, Ro.14.10). Es una actitud de naturaleza individual.
Pero este beneficio perdería todo valor si no hay sometimiento al otro
requerimiento inicial, la conversión (Hch.3.19). Y es que
para participar en el Reino de Dios
(Ap.1.9), para vivir bajo “el régimen
nuevo del Espíritu” (Ro.7.6), es necesario practicar todos los principios
propios de este Gobierno, pautas de comportamiento para desarrollar y dar
carácter e identidad tanto a los creyentes en forma individual como al conjunto
de ellos, considerados como una nación, en la que se espera que
sus miembros lleguen a estar tan integrados como los componentes de un mismo
cuerpo. Tanto es así, que las mismas Escritura Sagradas lo denominan como “el
Cuerpo de Cristo” (1-Co.12.27), porque el objetivo es que “siguiendo la verdad en amor,
crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien
todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que
se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su
crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef.4.15-16).
Las obras o acciones solidarias será lo que
en definitiva determine, tanto la eficacia del gobierno divino en nuestro
medio, como también la aprobación o condena de quienes recibimos dones,
talentos o medios para COLABORAR con el mismo Padre Eterno (1-Co.3.9;
Lc.19.12), que aunque no necesita de nosotros, sí desea que le demostremos
nuestra gratitud y compromiso con su
plan de salvación.






