martes, 11 de mayo de 2021

UN REY SALVADOR


 

¿Un rey salvador en pleno siglo XXI?  Sí, y con mayúscula: Rey Salvador. Para llegar a tal dignidad el nazareno Jesús debió no solo responder a las prescripciones proféticas de sus antepasados judíos, sino someterse a la tortura más despiadada de toda la Historia. Sin duda que muchas personas han padecido tormentos similares o peores que él, pero hay que tener presente al menos dos aspectos de dicho suplicio para poder considerarlo como el más representativo de toda la Humanidad:

A)        Fue voluntario, lo hizo por amor. Si Jesús hubiese decidido no realizar este martirio, tal vez las cosas seguirían más o menos lo mismo de siempre… Multitudes sumergidas en sentimientos egoístas e ineficaces tradiciones religiosas, a veces anegados hasta la coronilla, sin que ellos mismos lo perciban, siendo a su antojo manejados por maquinarias religiosas que promueven el embotamiento de su sentido de la realidad.

B)        Fue un reo a muerte que no profirió maldición. Cualquier venablo por él expresado lo hubiese colocado al mismo nivel de cualquier líder político; pero como era el Cordero de Dios, ante el mismo Dios hubo de no albergar en su corazón sentimientos de rencor. Esto lo demostró cuando pidió a su Padre perdón para sus verdugos. Estas características enmarcan con méritos muy bien conquistados su título de “Rey Salvador”. Para muchas personas ello solo significa una conmovedora fábula de la literatura religiosa. Para otras es algo que debemos por fe aceptar como verdad para que tenga benéficos efectos subjetivos, pero nada más.

Leemos en Ro.5.8 “Mas Dios muestra su amos para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Cuando aquí dice: “por nosotros”, debemos entenderlo como “a favor de nosotros”, y no “en vez de nosotros”, como lo afirman algunos herejes para poder justificar sus bajas tendencias. Dicen: “Como Cristo ya pagó con su sacrificio lo que nosotros merecemos por nuestros delitos, entonces podemos hacer lo que nos plazca, pues a pesar de todo ya estamos justificados ante Dios”. Este falso razonamiento desfigura totalmente el significado de la salvación cristiana.

   Para entender mejor el término “salvación” debemos primero comprender que el plan de liberación que el Padre Creador dispuso para la Humanidad (plan divino de gobierno liderado por el Rey Jesús, orientado por los principios doctrinarios de su Constitución –las Sagradas Escrituras-, y en el que sus participantes disponen directamente de la fortaleza del mismo Espíritu de Dios y la colaboración de sus ángeles) es algo no solo verdadero sino que fue diseñado para que fuese una realidad en medio de nosotros.

Este programa de gobierno que nuestro Rey Salvador nos ofrece para superar todos los males e injusticias de la Humanidad, contiene tres aspectos básicos que debemos discernir con toda claridad:

El Padre Eterno promete y se compromete a perdonar todos los pecados o faltas contra él, en los méritos del sacrificio de su Hijo, su Cordero Inmolado a todo aquel que arrepentido reconozca su condición de rebelde pecador, y solicite dicho perdón. Para alcanzar esa gracia no tenemos que realizar ninguna obra. Por eso dice la Escritura: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe,  y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef.2.8).

   El segundo aspecto consiste en que quienes recibimos el perdón de nuestras faltas, aunque muchas veces debemos convivir con las tentaciones de caer en pecado, podemos disponer de la fortaleza del Espíritu Santo para sobreponernos. Por eso leemos: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos  los que estás lejos, para cuentos el Señor nuestro Dios llamare” (Hch. 2.38-39) “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.” (Ro.8.13) “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro” (1-P.1.22).

El tercer aspecto consiste en que los que participemos de este Reino nos valgamos de los dones y talentos que nuestro Padre Eterno nos concedió para colaborar en la Obra de su Hijo, (Véase Lc.19. 11-27)  Aclaremos: El gobierno divino fue trasladado de Israel a la Iglesia (Mt.21.43; Lc.12.32). Está en su etapa de desarrollo, creciendo tal como un árbol (Mt. 13. 31-32), y aunque dentro de él hay cizaña ,enemigos de Dios, (Mt.13. 41-43), tendrá su plena manifestación cuando el mismo Rey Jesús invite a sus seguidores a tomar total posesión de este maravilloso Reino preparado desde la fundación de mundo para los que voluntariamente se acojan a él

   Experimentaremos los grandes beneficios de vivir “bajo el nuevo régimen del Espíritu” (Ro.7.6) cuando obedezcamos, entre otros, mandamientos tales como

A)  Tener compromisos de asociación solo con el pueblo de Dios, llegando a ser de esta manera verdaderos “miembros del Cuerpo de Cristo” (2-Co.6. 14-18; 7.1; 1-Co.12.27).

B)  Redistribuir entre los creyentes los recursos económicos generados por ellos mismos, invirtiendo para su propio bienestar y desarrollo integral: Educación, trabajo, vivienda, salud, deporte, etc. (2-Co.8. 13-15). La transparencia y responsabilidad en el manejo de estos recursos debe ser absoluta.

C)  Permitir al Espíritu Santo de Dios ejercer su soberanía a través de administraciones verdaderamente teocráticas. Toda congregación o institución cristiana debe estar al cuidado de un Concejo de Obispos o Cuerpo de Pastores, que procurarán ser orientados por el mismo Espíritu Santo, por lo que para llegar a tal dignidad deben someterse a los requisitos formulados en las Sagradas Escrituras (1.Ti.3.1-7; Tit. 1. 5-9). Una solo persona nunca debe ejercer total autoridad en congregación alguna. (Hch.14. 23).

 

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