¿Un rey salvador en pleno siglo XXI? Sí, y con mayúscula: Rey Salvador. Para
llegar a tal dignidad el nazareno Jesús debió no solo responder a las
prescripciones proféticas de sus antepasados judíos, sino someterse a la
tortura más despiadada de toda la Historia. Sin duda que muchas personas han
padecido tormentos similares o peores que él, pero hay que tener presente al
menos dos aspectos de dicho suplicio para poder considerarlo como el más
representativo de toda la Humanidad:
A) Fue voluntario, lo
hizo por amor. Si Jesús hubiese decidido no realizar este martirio, tal vez las
cosas seguirían más o menos lo mismo de siempre… Multitudes sumergidas en
sentimientos egoístas e ineficaces tradiciones religiosas, a veces anegados
hasta la coronilla, sin que ellos mismos lo perciban, siendo a su antojo
manejados por maquinarias religiosas que promueven el embotamiento de su
sentido de la realidad.
B) Fue un reo a muerte
que no profirió maldición. Cualquier venablo por él expresado lo hubiese
colocado al mismo nivel de cualquier líder político; pero como era el Cordero
de Dios, ante el mismo Dios hubo de no albergar en su corazón sentimientos de
rencor. Esto lo demostró cuando pidió a su Padre perdón para sus verdugos.
Estas características enmarcan con méritos muy bien conquistados su título de
“Rey Salvador”. Para muchas personas ello solo significa una conmovedora fábula
de la literatura religiosa. Para otras es algo que debemos por fe aceptar como
verdad para que tenga benéficos efectos subjetivos, pero nada más.
Leemos en Ro.5.8 “Mas Dios muestra su amos para con nosotros, en
que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Cuando aquí dice: “por
nosotros”, debemos entenderlo como “a favor de nosotros”, y no “en vez de
nosotros”, como lo afirman algunos herejes para poder justificar sus bajas
tendencias. Dicen: “Como Cristo ya pagó con su sacrificio lo que nosotros
merecemos por nuestros delitos, entonces podemos hacer lo que nos plazca, pues
a pesar de todo ya estamos justificados ante Dios”. Este falso razonamiento
desfigura totalmente el significado de la salvación cristiana.
Para entender mejor el
término “salvación” debemos primero comprender que el plan de liberación que el
Padre Creador dispuso para la Humanidad (plan divino de gobierno liderado por
el Rey Jesús, orientado por los principios doctrinarios de su Constitución –las
Sagradas Escrituras-, y en el que sus participantes disponen directamente de la
fortaleza del mismo Espíritu de Dios y la colaboración de sus ángeles) es algo
no solo verdadero sino que fue diseñado para que fuese una realidad en medio de
nosotros.
Este programa de gobierno que nuestro Rey Salvador nos ofrece para
superar todos los males e injusticias de la Humanidad, contiene tres aspectos
básicos que debemos discernir con toda claridad:
El Padre Eterno promete y se compromete a perdonar todos los
pecados o faltas contra él, en los méritos del sacrificio de su Hijo, su
Cordero Inmolado a todo aquel que arrepentido reconozca su condición de rebelde
pecador, y solicite dicho perdón. Para alcanzar esa gracia no tenemos que
realizar ninguna obra. Por eso dice la Escritura: “Porque por gracia sois
salvos por medio de la fe, y esto no de
vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”
(Ef.2.8).
El segundo aspecto
consiste en que quienes recibimos el perdón de nuestras faltas, aunque muchas
veces debemos convivir con las tentaciones de caer en pecado, podemos disponer
de la fortaleza del Espíritu Santo para sobreponernos. Por eso leemos:
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para
perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para
vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que estás lejos, para cuentos el Señor
nuestro Dios llamare” (Hch. 2.38-39) “porque si vivís conforme a la carne,
moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.”
(Ro.8.13) “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad,
mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros
entrañablemente, de corazón puro” (1-P.1.22).
El tercer aspecto consiste en que los que participemos de este
Reino nos valgamos de los dones y talentos que nuestro Padre Eterno nos
concedió para colaborar en la Obra de su Hijo, (Véase Lc.19. 11-27) Aclaremos: El gobierno divino fue trasladado
de Israel a la Iglesia (Mt.21.43; Lc.12.32). Está en su etapa de desarrollo,
creciendo tal como un árbol (Mt. 13. 31-32), y aunque dentro de él hay cizaña
,enemigos de Dios, (Mt.13. 41-43), tendrá su plena manifestación cuando el
mismo Rey Jesús invite a sus seguidores a tomar total posesión de este
maravilloso Reino preparado desde la fundación de mundo para los que
voluntariamente se acojan a él
Experimentaremos los
grandes beneficios de vivir “bajo el nuevo régimen del Espíritu” (Ro.7.6)
cuando obedezcamos, entre otros, mandamientos tales como
A) Tener compromisos de
asociación solo con el pueblo de Dios, llegando a ser de esta manera verdaderos
“miembros del Cuerpo de Cristo” (2-Co.6. 14-18; 7.1; 1-Co.12.27).
B) Redistribuir entre los
creyentes los recursos económicos generados por ellos mismos, invirtiendo para
su propio bienestar y desarrollo integral: Educación, trabajo, vivienda, salud,
deporte, etc. (2-Co.8. 13-15). La transparencia y responsabilidad en el manejo
de estos recursos debe ser absoluta.
C) Permitir al Espíritu
Santo de Dios ejercer su soberanía a través de administraciones verdaderamente
teocráticas. Toda congregación o institución cristiana debe estar al cuidado de
un Concejo de Obispos o Cuerpo de Pastores, que procurarán ser orientados por
el mismo Espíritu Santo, por lo que para llegar a tal dignidad deben someterse
a los requisitos formulados en las Sagradas Escrituras (1.Ti.3.1-7; Tit. 1.
5-9). Una solo persona nunca debe ejercer total autoridad en congregación
alguna. (Hch.14. 23).

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