El
reino de Dios no es un lugar geográfico
ni cosa alguna que suba o descienda por el espacio y que podamos ver con
nuestros ojos físicos (Lc.17.20-21). Al que sí podremos ver de esa manera es al
rey Jesús en su segunda venida corporal. Pero el Reino de Dios es la soberanía
del mismo rey Jesús afectando el estado de nuestras vidas individuales, de
familia y de sociedad en la medida en que implementemos los principios
doctrinarios de su gobierno.
El
Padre Celestial, que permitió la caída de la raza humana en pecado, también le
ofrece, a través de este magistral sistema integral de salvación, la mejor
alternativa de cambios para su bienestar y desarrollo.
Los
requisitos básicos para participar en este plan son el arrepentimiento y la
conversión, y “conversión” significa
precisamente “ocuparse de la salvación”
(Fil.2.12), venciendo al mal con el bien (Ro.12.21) poniendo en acción nuestras
capacidades, dones y talentos (Lc.19.11) para que la voluntad de Dios sea hecha
aquí en la Tierra (como en el cielo, Mt.6.10) por las personas que logren
entender el valor de esta gran “perla” (Mt.13.45) y que comprendan que todo
ello se podrá llevar a buen término solo por medio de la integración real de
los que han sido llamados a participar de este reino, “para que ya no seamos
niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por
estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del
error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es,
Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por
todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada
miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor (Ef.4.14-16).